El Mundial de Johan Cruyff

Cruyff perseguido por Hoeness
Cruyff, perseguido por Hoeness, en la primera jugada de la final del Mundial (Wikipedia).

MIGUEL ÁNGEL CALERO BEJARANO

El 15 de junio de 1974, hace ya 40 años, Johan Cruyff (25-4-1947, Amsterdam, Holanda) jugaba su primer parti- do en un Mundial. Tres semanas después, el crack holandés estaba disputando la final de ese campeonato, celebrado en Alemania. Cruyff, a pesar de un brillante comienzo, perdió aquella final, pero pasó a la historia. Igual que Ho- landa. Ni antes ni después, nunca un perdedor alcanzó tanta gloria. El juego de la Naranja Mecánica quedó en la memoria de la gente. El resultado final se olvidó.

Otra prueba más. A finales de ese 1974, Cruyff se impuso en el Balón de Oro a Beckenbauer, su gran rival y verdugo en la final del torneo mundialista. Gracias a este galardón, sumado a los dos que ya tenía (1971 y 1973), a sus tres Copas de Europa (1971, 72 y 73) y a su gran actuación en el Mundial, pasó directamente al Olimpo de los jugadores más grandes de todos los tiempos, esto es, junto a Di Stéfano y Pelé. La terna se volvió cuarteto, cuando Maradona se unió en los años 80, y todo el mundo está esperando ver qué hace Messi en este Mundial de Brasil para ver si le guarda el sitio del quinto grande de la historia.

Pero volvamos al principio. A Cruyff le llamaban el Pelé blanco ya antes de empezar el torneo de 1974. Acababa de triunfar en el Barça en su primera temporada, ganando la Liga de calle, con resultados que han quedado para la historia, como el 0-5 del Bernabéu, y algunos golazos que jamás se irán de la memoria, como aquel en un escorzo imposible y de tacón que le hizo al Atlético de Miguel Reina, el padre de Pepe Reina.

Sin embargo, su selección, Holanda, no era nada en el panorama internacional. El de 1974 era su primer Mundial desde 1938, cuando había caído en la primera fase, igual que en 1934. Holanda no se clasificó ninguno de los campeonatos siguientes (1950, 54, 58, 62, 66 y 70), pero alcanzó el Mundial de Alemania después de imponerse en un grupo con Bélgica, Noruega e Islandia. En la fase final fue encuadrada en el grupo C, junto a Uruguay, Suecia y Bulgaria.

La atracción de ese primer partido ante Uruguay el 15 de junio de 1974, hace ya 40 años, era por supuesto Johan Cruyff, aunque a Roberto Porta, seleccionador charrúa entonces, no le quitaba el sueño, según le contaba entonces a nuestro compañero Miguel Vidal en AS: “¿Cruyff? Pues sí, es un gran jugador, pero no le temo. Ni a él ni a ningún otro de sus compañeros. Nosotros también tenemos un Cruyff en nuestras filas que se llama Morena y, que yo sepa, nadie parece preocuparse mucho por él”. Porta se refería a Fernando Morena, un delantero que luego jugaría en el Rayo y el Valencia, pero cuya carrera se quedó bastante lejos de la estrella holandesa.

El seleccionador uruguayo se tuvo que comer pronto sus palabras porque el Niedersachsenstadion de Hannover vio la primera exhibición en el torneo mundialista de una selección en la que jugaban “todos para todos”. Cruyff, según se podía leer en AS, tuvo “una actuación plena de acierto y pundonor”, aunque los dos goles del triunfo llevaron la firma de Rep (2-0). En el siguiente partido, disputado cuatro días después, Suecia frenó a Holanda (0-0), pero la razón fue que “los compañeros de Johan Cruyff —el mejor del partido— fallaron muchísimas ocasiones de gol”, según el cronista del Diario AS.

Antes del tercer encuentro de la primera fase (23 de junio, victoria 4-1 ante Bulgaria), Miguel Vidal le hizo una entrevista al crack holandés, en la que respondía con sorprendente modestia, visto el egocentrismo que llegó a alcanzar después el personaje: “Sería tonto que yo me considerase el mejor. El hombre que así piensa de sí mismo es que es tonto”. También confesaba cierto hartazgo de fútbol, algo que 40 años después no ha cambiado, sino aumentado: “Estoy cansado de fútbol y sueño con las vacaciones. Me iría ahora mismo a Barcelona”.

Cruyff tenía un espíritu contestatario, no estaba de acuerdo con las largas concentraciones que tenían que hacer los jugadores para afrontar estos campeonatos. De hecho, no disputó ningún otro Mundial. Al de 1978, al que hubiera llegado con 31 años, renunció, según la excusa que puso, como protesta por la dictadura militar que vivía Argentina en esos momentos. Pero también porque no llegó a un acuerdo económico con Adidas para lucir las tres tiras em- blemáticas de la firma deportiva alemana en la camiseta. Como él tenía un acuerdo con Puma, en el Mundial de 1974, fue el único que lució una camiseta con sólo dos tiras negras en lugar de las tres que exhibían el resto de sus compañeros. Pueden comprobarlo en youtube.

Como era de esperar tras ver su gran juego, Holanda se clasificó primera para la segunda fase (una liguilla que hacía las veces de semifinales) y fue incluida en otro grupo con Alemania Democrática (en aquel Mundial participaron las dos alemanias), Argentina y Brasil. En la segunda fase, los elogios fueron en aumento. En AS podía leerse que Holanda fue “un ballet” ante Argentina (4-0). Cruyff abrió y cerró la goleada. Krol y Rep, a pase del propio Cruyff, la completaron. La exhibición pudo per fectamente acabar en humillación. Como anécdota, cuentan que el portero Carnevali tardaba en sacar de su portería y fue recriminado por un compañero. “Che, qué quieres que haga, si no pierdo tiempo, nos marcan ocho”, parece que fue su contestación. Argentina se tomaría la revancha de esta derrota cuatro años después, ganando a los tulipanes, ya sin Cruyff en sus filas, la final del Mundial de 1978, con el Matador Kempes de figura.

Tras el trámite de la Alemania Democrática (2-0 con goles de Neeskens y Resenbrink), Holanda se enfrentaba a la gran favorita, Brasil. Ya no tenía a Pelé, pero había ganado tres de los últimos cuatro mundiales (1958, 62 y 70). Ya no era la selección que había maravillado al mundo sólo cuatro años antes en México, pero era la actual campeona. Palabras mayores. Y tenía algunos buenos jugadores: Luiz Pereira, Rivelino, Jairzinho…

Quizá consciente de su inferioridad, Brasil endureció el partido y aguantó el 0-0 el primer tiempo. Pero a Cruyff no había manera de pararlo. En una ocasión, Luiz Pereira le hizo un placaje con las manos tirándose a los pies, como si fuera rugby. Amarilla. El gran central brasileño, que un año más tarde ficharía por el Atlético, sería expulsado en la segunda parte tras una dura entrada, porque el Flaco siguió haciendo de las suyas. Metió el pase filtrado para la carrera de Neeskens que significó el 1-0 y marcó el segundo con un remate acrobático con la derecha, tras un centro de Resenbrink. Fue su momento cumbre en el Mundial.

En la final (7 de julio), los holandeses se habían convertido en los grandes favoritos, pero enfrente tenían a la anfitriona, la Alemania de Maier, Beckenbauer, Breitner, Hoeness y Müller, que además de buen equipo había ganado la Eurocopa de 1972. Alemania había empezado con dudas y perdiendo en la primera fase contra sus ‘hermanos’ del este por 1-0, su única derrota, pero había ido a más en el torneo.

En la previa, se produjo un hecho sorprendente. Se cambió al árbitro a última hora. Iba a pitar el escocés Davidson y al final fue designado el inglés Taylor. Davidson no se lo tomó demasiado bien, por supuesto. “Sinceramente, no esperaba esto, ni lo comprendo ni me hace ninguna gracia”, decía el colegiado en AS. Se especuló que pudo ser como compensación por lo del Mundial de 1966, aquel que Inglaterra ganó a Alemania con el polémico gol fantasma de Hurst.

Sin embargo, si algún holandés tenía alguna duda de Taylor, las despejó al primer minuto de la final. Fue tras una de las juga- das más recordadas de la historia mundialista junto al gol de Maradona a Inglaterra. Desde el saque de centro inicial, Holanda estuvo un minuto pasándose el balón sin que ningún alemán lograra ni tocarlo. Parecía que el toque no iba a ninguna parte hasta que Cruyff aceleró y fue derribado en el área por Hoeness. Penalti y gol de Neeskens.

Empezar una final con un 1-0 en contra podía ser un palo moral para cualquier selección. Para cualquiera menos para Alemania. El shock sólo le duró unos minutos y logró remontar, antes del descanso, con otro penalti trasformado por Breitner y un tanto de Müller, el cazagoles alemán. Cruyff lo intentó en la segunda parte, jugó con 38 de fiebre la final, pero no estuvo a su nivel. Sufrió un duro marcaje de Vogts y aún así le dio dos goles cantados a Rep, que éste no aprovechó.

Tras perder la final, Cruyff, qué novedad, se quejó del árbitro: “No comprendo que el árbitro me haya mostrado la tarjeta amarilla cuando nos dirigíamos a los vestuarios, una vez finalizada la primera par te. Yo sólo quise aclarar que Vogts se pasaba a veces en su forma de marcarme, utilizando procedimientos no muy deportivos. Ese es el motivo por el que jugué más retrasado el segundo tiempo. Alemania no fue superior a Holanda. Hicimos los mismos méritos que ellos”.

A pesar de la derrota, la reina Juliana de Holanda condecoró a Michels (el seleccionador, que también era entrenador del Barcelona) y a Cruyff con la insignia de Caballeros de la Orden de Orange Nassau. Holanda no había ganado la final, no había sido campeona y, a pesar de que dicen que sólo se recuerda a los que ganan, aquella fue la excepción. Nunca, ni antes ni después, un perdedor recibió tantos elogios. Casi todos gracias a Johan Cruyff, el tercer grande de la historia, que jugó hace 40 años su único Mundial.
(Foto/Autor: Cruyff, perseguido por Hoeness en la jugada que acabaría en penalti/Wikipedia)

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