Villar, 25 años para encontrar el Dorado

VILLAR

MIGUEL ANGEL CALERO BEJARANO

Ángel María Villar Llona nació a poco más de 20 metros del estadio de San Mamés, en la calle Luis Briñas de Bilbao, un 21 de enero de 1950. La ventana donde su madre daba a luz (entonces muchas lo hacían en su casa) estaba situada frente al estadio que ahora está siendo demolido y puesto en pie otra vez. Al día siguiente de nacer, el Athletic jugaba un partido de Liga contra el Valencia. Perdió 3-6. Nueve goles en total. Un encuentro de los antes. Seguro que algún momento el recién nacido se sobresaltó. Parece una exageración, pero no lo es en absoluto. En el caso de Villar, el fútbol estuvo presente en su vida desde el primer día de su nacimiento.

Aún lo sigue siendo ahora, cuando, cumplidos los 63 años, el 29 julio celebra sus Bodas de Plata al frente de la Federación Española. 25 años en los que ha llevado al fútbol español a las cotas más altas de su historia. Hasta hace bien poco, el año en que él nació, 1950, era la cima de nuestro fútbol: el cuarto puesto del Mundial de Brasil con el famoso gol de Zarra a Inglaterra. Bajo el mandato de Villar, la Selección española ha logrado enlazar una Eurocopa (2008), un Mundial (2010) y otra Eurocopa (2012), una hazaña nunca antes conseguida por ningún otro país. Juntando estos éxitos a los de las categorías inferiores (que resultan incontables) y a los títulos logrados por los clubes españoles a nivel internacional (25, uno por cada año que lleva en la presidencia), la cosecha es difícilmente mejorable por algún otro dirigente del fútbol.

Así, no resulta extraño que un personaje como Michel Platini, el presidente de la UEFA, le haya dedicado este elogio tan superlativo: “Necesitaría varios artículos de Wikipedia para retratar a Ángel Villar. Es el líder deportivo más exitoso de todo el planeta y quizá de la galaxia”. Incluso ya hay mucha gente que ve a Villar como el próximo presidente de la FIFA, porque Blatter, que acaba su mandato en 2015, parece con ganas de dejarlo.

Pero volvamos a los orígenes. Conocido como El Chule por los niños de su barrio, el pequeño Villar jugaba al fútbol siempre que podía en las paredes del viejo San Mamés mientras soñaba con poder hacerlo dentro algún día: “Todos queríamos jugar en el Athletic, pero una cosa es querer y otra poder hacerlo”, ha afirmado en alguna entrevista. Las porterías eran las entradas del estadio. Algunos días se colaba dentro, hubiera o no partido, para ver entrenarse a los Orue, Garay, Canito, Artetxe, Markaida, Arieta o Gainza, los ídolos de su infancia, a los que muy pronto pudo imitar.

Sin embargo, antes tuvo que pasar el trago de ver cómo el Athletic le descartaba. Fue cuando terminaba juveniles. El joven Villar era muy delgadito, pesaba apenas 60 kilos, pero tenía una confianza en sí mismo a prueba de bombas. A los dos años ya estaba de vuelta, tras pasar por el Galdákano, de Regional Preferente, y el Getxo, de Tercera División. Venancio, un exinterior derecho del Athletic, que entonces era directivo, recomendó su fichaje, después de verle jugar en un amistoso de pretemporada entre el Getxo y el Athletic. Ese día, Villar le pidió a Aranguren, el lateral izquierdo que le defendía, que le dejara lucirse y éste accedió.

Así, con 21 años, llegó a un vestuario en el que ya estaban Iribar, Iñaki Sáez, Arieta, Uriarte, Txetxu Rojo o Argotia. Gente veterana y con nombre. Artigas, que era el entrenador entonces, le dio una oportunidad en la temporada 1971-72. Villar no la desaprovechó. A partir de entonces, hasta que se retiró en el club en 1981, ya siempre jugaría de titular. No fue de delantero, como en sus comienzos, ni como mediapunta, posición en la que volvió al Athletic, sino que se alineó en el mediocampo y ahí se quedó, con el número 8 a la espalda.

Para los que no le hayan visto jugar, Villar tenía una técnica correcta y gran sentido táctico. Era abnegado y solidario. Armaba, marcaba, iba y venía. Vamos, lo que ahora se ha dado en llamar, por influencia inglesa, un jugador box to box, de área a área, un centrocampista total, que defendía y que atacaba.

En el Athletic jugó un total de 361 partidos y su mayor éxito fue la conquista de la Copa del España en 1973, al derrotar en la final al Castellón por 2-0. También perdió dos finales más en 1977, la de Copa, frente al Betis, con aquella larguísima tanda de penaltis en la que marcó Esnaola y falló Iribar, y la de la Copa de la UEFA contra la Juventus, disputada a doble partido. En la ida, el Athletic cayó derrotado por 1-0 y el triunfo en la vuelta por 2-1 resultó insuficiente por el valor añadido del gol de Bettega en San Mamés. Como integrante de la Selección, participó en 22 partidos (tres goles) de la mano de Kubala, en un centro del campo donde jugaba el actual seleccionador, Vicente del Bosque.

Durante su carrera de futbolista, Villar sólo sufrió una expulsión, pero fue especialmente sonada. El 24 de marzo de 1974, durante un Athletic-Barça liguero en San Mamés, vio la tarjeta roja por darle un puñetazo a Johan Cruyff, que apenas llevaba unos meses en el fútbol español. Villar tenía fama de ser recto hasta la tozudez y echó a caminar hacia los vestuarios incluso antes de que el árbitro le mostrara la cartulina. Le cayeron cuatro partidos de sanción y una enorme multa de su club: 100.000 pesetas de las de entonces (unos 600 euros al cambio actual), cuando su ficha anual era de 750.000 pesetas (unos 4.500 euros). “Cruyff le estuvo insultando y provocando todo el rato”, dijo entonces su hermano a la Prensa a modo de excusa.

Ya en su época de jugador, Villar debatía los derechos de sus compañeros (vacaciones, sueldos, primas…) con los dirigentes y muchos de ellos le decían, según ha confesado después, que no le veían tras colgar las botas sentado en un banquillo sino en un despacho. Y así fue. Villar, que había abandonado la carrera de Químicas cuando supo que podría llegar a ganarse la vida con el fútbol, se licenció en derecho en la Universidad de Deusto en 1979, dos años antes de retirarse. Montó un bufete con dos colegas y ejerció de abogado a la vez que futbolista. Sus primeros pinitos como dirigente los dio en la AFE (Asociación de Futbolistas Españoles), de la que fue cofundador en 1978. Luego, a los pocos meses de jugar su último partido, en 1981, se puso al frente de la Federación Vizcaína. Desde esa plataforma y ya desde dentro, formando parte como vocal de la junta directiva de José Luis Roca (1984-1988), se preparó para su siguiente objetivo: el asalto a la Federación Española.

La primera vez que resultó elegido fue una sorpresa. El favorito en las elecciones de 1988 era Eduardo Herrera, el actual presidente de la Federación Andaluza, que ya entonces ocupaba este cargo. Pero el fútbol español se decantó por Villar: 216 votos frente a 182 de su rival. Tenía sólo 38 años y se convirtió en el presidente más joven de la historia. Su carrera había sido fulgurante. En siete años había pasado del césped de San Mamés al despacho de Alberto Bosch, anterior sede de la Federación.

Desde entonces, ya ha sido reelegido en seis ocasiones (1992, 1996, 2000, 2004, 2008 y 2012). Cuando más cerca estuvo de perder el poder fue en las elecciones de 2004, en su enfrentamiento con Gerardo González, secretario general de la FEF que él mismo había despedido. También tuvo que hacer frente entonces a una denuncia por uso indebido de fondos públicos que le congeló la subvención del Consejo Superior de Deportes. A pesar de todo, Villar le ganó a Gerardo González: 98 votos frente a 78.

Poco a poco, fue minando a posibles opositores y arrastrado por los éxitos de la Selección Absoluta y las categorías inferiores, en las últimas elecciones de 2012 ha recibido el respaldo de 161 asambleístas de los 167 posibles. Entre “la familia del fútbol”, como él mismo la llama, arrasa. ¿Por qué? Según afirman los que le conocen, porque trata muy bien a la gente del deporte, es fiel y no prescinde de nadie. Defiende a muer te sus convicciones y es constante e incansable.

No es cosa de aquí de España. En el extranjero le ha ido igual de bien. Villar puede presumir de ser el presidente más antiguo del deporte olímpico español y el mejor situado internacionalmente. Desde el año 2002 es vicepresidente de la UEFA y de la FIFA y miembro de infinitas comisiones en los dos organismos que gobiernan el fútbol mundial.

Villar está casado, tiene tres hijos y una nieta, pero con tanto ajetreo y tantas obligaciones hace una vida muy poco familiar. Duerme más veces en una cama de hotel que en la de su propia casa. “Sólo estoy en casa uno de cada cuatro días”, ha calculado él mismo. Eso sí, esté donde esté, no renuncia a su vieja costumbre de salir a correr entre las seis y las ocho de la mañana. Católico ferviente, ha hecho más de una vez el Camino de Santiago. Le gusta leer libros de historia y a la hora de comer no es especialmente sibarita.

Cualquiera podría etiquetarle como un monje que vive por y para el fútbol y podría ser así. Pero la retribución por sus múltiples cargos supera ampliamente los 150.000 euros anuales y su ambición, tras cumplir 25 años en la Federación, apunta a que más pronto que tarde le veremos al frente de la UEFA o de la FIFA. O sea, que todavía habrá Villar para rato.

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