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Bravo por Bravo; a Messi le volvió a fallar Argentina

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El Barça puede presumir de tener en sus filas a todo un campeón de la Copa AméricaClaudio Bravo. El elegido mejor portero del torneo fue el encargado como capitán de Chile de levantar el trofeo y completar una temporada de ensueño y posiblemente irrepetible: Liga, Copa y Champions con el Barça y Copa América con su selección. Bravo lideró a la otra Roja, una gran generación chilena a la que España ganó con muchísimo sufrimiento en el Mundial de 2010 (2-1 y ellos con uno menos desde el minuto 37) y frente a la que perdió de forma inapelable en el Mundial de 2014 (2-0 y para casa). El portero del Barça sólo tuvo que intervenir en apenas dos ocasiones, un cabezazo a bocajarro de Agüero y un tiro centrado de Lavezzi, pero en ambos casos lo hizo con acierto. Y, luego, en la tanda de penaltis, le detuvo uno a Banega, si bien estuvo fatalmente lanzado. Igual que el de Higuaín, que se fue a las nubes. A Messi, que cumplió y metió el suyo, el único de su equipo, le volvió a fallar Argentina.

El crack azulgrana sigue gafado con su país. Piqué intentó consolarle a través de twitter: «¡Felicidades a Chile y a Claudio Bravo por su primera Copa América de su historia! Y aunque hoy no hayas ganado Leo, sabes que eres D10S«. Estoy con Piqué. Reconociendo que pudo no ser su mejor partido, Messi elaboró tres de las cuatro únicas ocasiones que tuvo Argentina en la final. A los cinco minutos dejó a Agüero mano a mano con Bravo pero el delantero del City no llegó a la pelota por poco. Mediada la primera parte, botó la falta del cabezazo de Agüero y en el último suspiro del partido, montó una contra mortal que acabó fallando Higuaín. Messi se desesperó en esa acción y en otras similares. Si Lavezzi jugara en el Barça en lugar de en el PSG, el balón que le pasa Messi es para que luego le busque y se lo devuelva al corazón del área, no para que lo ponga a la llegada del extremo opuesto. Leo siempre estuvo vigilado por dos o tres jugadores, le hicieron infinidad de faltas y le agarraron siempre que conseguía desequilibrar a un adversario. Sus compañeros fueron incapaces de aprovechar esta vigilancia especial buscando la espalda de los chilenos. El consuelo para Messi es que el año que viene hay otra edición especial de la Copa América, en EEUU, con motivo del centenario de la competición. Seguro que lo volverá a intentar. Y también le quedan uno o dos mundiales para sacarse la espina.

La final fue emocionante y Chile la mereció ganar durante los 120 minutos de partido, pero también hay que decir que fue malísima y por momentos aburrida. Salvo para los chilenos, claro. Hubo cientos de interrupciones, mucha brega y poco fútbol. Desde luego, no fue el tipo de juego que estamos acostumbrados a ver en Europa. A Medel, por ejemplo, posiblemente le hubieran expulsado por la patada en el pecho que le propinó a Messi. Chile fue más agresiva, pero también más valiente. Y por eso ganó. La Argentina del Tata Martino me recordó a algunos partidos del Barça del año pasado. Por la desorganización, por la desconexión que sufre Messi cuando no participa ni tiene el balón, por la incapacidad de sacar la jugada desde la defensa y por las innumerables pérdidas que sufrió ante la presión chilena. Los jugadores de Sampaoli son como los conejitos de Duracell: no pararon de correr durante todo el partido. Pero lo hicieron siempre con sentido, en un corto espacio del campo, porque estaban bien colocados. Argentina, por el contrario, corrió mucho (no hace falta más que ver los calambres de Lavezzi y Mascherano al final) y sin sentido, porque su equipo era muy largo y los jugadores tenían que recorrer mayores distancias. Una vez más se demostró que el fútbol no es un juego de solistas. Argentina tenía mejores jugadores (Messi, Agüero, Di María…) y perdió frente a una selección que, como equipo, fue sencillamente mejor.

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