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El impulso del cambio de técnico se transforma en destrucción

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Hay un refrán muy popular en España que dice «de aquellos barros vienen estos lodos». Aún no sé de quién sería la brillante idea de cambiar de técnico a mitad de temporada con el equipo líder y bien situado para afrontar el asalto a los tres títulos en juego. Desde luego, el máximo responsable es Bartomeu, pero al parecer hizo caso a su secretario técnico, Abidal, que también estaba por la labor, según confiesa en el diario Sport. En cualquier caso, lo que queda claro es que no fue una iniciativa de los jugadores, a pesar de lo que suele decirse. Y que por eso ha saltado Messi, al que deberían consultar más, si es que no lo hacen, porque es el único que tiene autoridad moral en el club, por todo lo que nos ha dado en los últimos 15 años. Ya dije en su momento que esa decisión de cambiar de entrenador era un disparate y que traería consecuencias. La primera fue la pérdida del liderato, con la derrota en Valencia. La segunda puede llegar este jueves con la eliminación en la Copa contra el Athletic. Y la tercera, con la Champions contra el Nápoles a la vuelta de la esquina, puede no hacerse esperar. El impulso del cambio de técnico que pretendían Bartomeu y Abidal se está transformando en destrucción. Sé que la presión del entorno hacia la destitución de Valverde era enorme, pero los dirigentes del Barça no debieron hacerle caso. Ahora el culpable de la situación ya no será el técnico, lo serán el presidente, el secretario técnico y los jugadores, dependiendo de cómo vayan los partidos y los resultados. Hasta que no quede nada en pie, los defensores del cambio de técnico arrasarán con todo, para luego volverlo a construir. Así era el Barça antes de la llegada de Cruyff. Un proyecto tras otro levantado para destruirlo una y otra vez. Nada que perdurara en el tiempo, que es una idea. 

Nuestro maestro nos dejó un camino marcado, una línea a seguir, buen juego, cantera y fichajes de primera línea mundial, pero también una manera de hacer las cosas, defendiendo que al resultado no se llega atropellando el sentido común. Estoy seguro de que Cruyff nunca habría echado a Valverde a mitad de temporada. Ni Guardiola, por supuesto, que solía escuchar sus consejos. Ni Xavi, que declinó con acierto no llegar a mitad de temporada. Todos habrían esperado a final de curso, cuando las notas de unos y otros es cuando obligan a hacer siempre los cambios necesarios. Este enero hemos vivido un episodio de lo que se solían llamar «urgencias históricas» y que con la irrupción de Messi habíamos trasladado al Real Madrid. El Barça de Messi y el Barça en general no necesitan ganar imperiosamente ni una Champions más ni una Liga más cada temporada, lo único que tienen que hacer es seguir la línea marcada por Cruyff de hacer las cosas bien y con sentido común, como hicieron Guardiola, Luis Enrique y Valverde, hasta que le dejaron. Se podrá decir de ellos que se equivocaron en algún fichaje, en alguna alineación, en algún partido, pero nunca que se desviaron de la idea de Cruyff de hacer su trabajo colocando al club y su idea por encima de todo. 

Cambiar a mitad de temporada a un entrenador comporta, por ejemplo, que un jugador que a Valverde le resultaba valioso como Carles Pérez, un canterano que gracias a él se hizo de la primera plantilla, resulta que a Setién no le gusta tanto. Y el nuevo entrenador está en su derecho de decidir, pero ahora resulta que con una plantilla tan corta y con la inesperada baja de nuevo de Dembélé y la ya asumida de Suárez, se hace ridículamente corta, de sólo 16 jugadores. Messi es el mayor genio que ha dado el fútbol, pero él solo no puede decidir los veintitantos partidos que aún le faltan al Barça para acabar la temporada. Arriba tiene la compañía de Griezmann, ya sobreexplotado también este curso y que puede petar en cualquier momento, y el jovencísimo Ansu Fati, de sólo 17 años. En verano ya dije que me faltaba un 9 suplente en la plantilla. Eso no puede ser culpa de los jugadores, sino de quienes tienen la responsabilidad de confeccionarla. Por eso alza la voz Messi, para decir que cada uno asuma sus responsabilidades, como ellos asumieron los desastres de Roma o Liverpool, que para mí no fueron culpa del entrenador. En fin, ya sabéis que siempre he sido muy optimista respecto al Barça, pero ahora, lo siento, no puedo serlo. Se fiche o no se fiche a algún jugador para sustituir a Dembélé y Suárez, la temporada puede ser un calvario de aquí al final. Mientras haya algo en juego seguiré apoyando a Setién y a los jugadores, que serán inevitablemente cada vez más jóvenes. Si nos dejan, esa será mi ilusión a partir de ahora, no revivir títulos ni Tripletes pasados, sino pensar en cómo podría ser el Barça del futuro a medio y largo plazo, con Ansu Fati, Riqui Puig, Monchu, Konrad y alguno más. 

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