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La fe de Griezmann iluminó el terremoto de fútbol y emoción de Granada: 3-5 y a semifinales

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Ya os he contado innumerables veces que en la capital atribuyen al Madrid un patrimonio sobre el coraje, la gesta o la épica que comparte con muchos equipos, entre ellos el Barça. En casi todas las temporadas hay muestras de ello, pero como no tienen tanto eco como las que protagonizan los blancos quedan solapadas. Esta se quedará enterrada de nuevo por un nuevo desvío de la atención en torno a Messi y su posible fichaje por el PSG. Con tal de quitarle mérito a la espectacular remontada del Barça vale cualquier menudencia, por ejemplo, que Di María diga que ve muchas posibilidades de jugar con su compatriota o que Jesé afirme que Mbappé está como loco por irse al Madrid. Hablando del futuro se esconde el presente, por ejemplo, la enésima lesión de Hazard, cuyo fichaje y rendimiento sí que arruina al Madrid, no como el contrato de Messi. Los barcelonistas, en cambio, guardaremos esta nueva hazaña futbolística, como en su día hicimos con el 6-1 al PSG, como oro en paño, porque fue tan imprevisible y apasionante como merecida. La fe de Griezmann iluminó el terremoto de fútbol y emoción que se vio en Granada. Tras el 3-5 final, logrado en la prórroga, el Barça ya está en las semifinales de la Copa, terreno que ha pisado en 13 de las últimas 15 ediciones, lo que habla bien claro de su hegemonía en esta competición. Creo que el Barça de Messi será recordado con el tiempo no por los títulos que logró (que también, porque ya van por los 34 y suponen más de un tercio de todos los que tiene el club) ni siquiera por el espectáculo que dio (que ha sido incomparable al que cualquier época y equipo) sino porque peleó casi todas las competiciones en las que participó. En unas tuvo la fortuna de cara y las ganó. En otras la tuvo en contra y las perdió. Pero todas las compitió hasta casi las últimas instancias. Para mí ese será el legado de este Barça de Messi, no que tenga una Champions de más o de menos. 

Hablaba de la fe de Griezmann, pero lo mismo podría decir de la fe de Messi o la de Alba o la de Araujo o la de De Jong. Me parece que el Barça, aparte de las dos jugadas desafortunadas de Umtiti, que estaba volviendo a su mejor versión, pero cuyos errores costaron dos goles, hizo a nivel colectivo uno de sus partidos más completos de la temporada. Desde el minuto 1 hasta el 120 de la prórroga fue un ataque constante a la defensa numantina del Granada. La atacó por todos los frentes, por izquierda, derecha, por bajo, por alto, en jugada, a balón parado. Parecía imposible batir a Aaron, cuyas paradas le estaban convirtiendo en el héroe de la noche. Era el minuto 88 y había hecho intervenciones de todos los colores, sobre todo a Messi y a Griezmann, los que más lo intentaron. Y cuando no eran sus manos, los postes hacían el milagro, porque Trincao y Dembélé se habían estrellado con el larguero en remates fantásticos. Parecía obra de algún conjuro que en el minuto 88 el marcador reflejara un 2-0, pero fue entonces cuando la fe del Barça encontró su premio. 

Messi envió un balón largo y cruzado a Griezmann que parecía condenado a perderse por la línea de fondo. El francés estiró su cuerpo todo lo que pudo y consiguió rematarlo con la zurda. La pelota dio en el poste de Aaron, después en su pierna derecha y entró. La ocasión más complicada había entrado, parecía increíble, pero un minuto después, Messi estrellaba en el poste otro remate y de nuevo la fortuna se vestía con los colores del Granada. Alba se tiraba por el suelo en señal de frustración y abatimiento. Yo mismo pensaba también cómo el fútbol podía ser un deporte tan injusto cuando en una acción casi calcada a la del 2-1, Griezmann amortiguó con su cabeza una asistencia para que Alba, de cabeza, lograra el empate y forzara la prórroga en el minuto 92′. El Granada aún tuvo una última ocasión de ganar la eliminatoria con un remate cruzado de Luis García, pero el partido se fue sin remedio al alargue. 

La fe de Griezmann, como en la reciente Supercopa perdida, volvió a aparecer para poner de cabeza el 3-2 que por fin hacía justicia en el marcador a lo que se estaba viendo en el campo. Fue de nuevo a pase de Alba, que fue un torbellino en ataque. Entonces, cómo no, surgió la figura del árbitro, Sánchez Martínez (hasta entonces inadvertido), que se inventó un penalti de esos que solían pitarse en la época preVAR. Parecía que con las nuevas tecnologías se acabarían, pero no. Como siempre os digo, la interpretación del árbitro es lo que manda y como el jugador del Granada se lanza a por Dest, tropieza y se cae, pues nada, penalti. 3-3 y otra vez a remar contra todo, contra la defensa del Granada, contra su portero, contra la mala suerte, contra el árbitro, en una palabra, contra todo. Messi, que no marcó ninguno de los 5 goles, pero que estuvo en la gestación de 3 de ellos, siguió subiendo a la colina, cual Sísifo, y en otro de sus disparos, esta vez con la derecha, tuvo recompensa: su rechace lo aprovechó De Jong para poner el 3-4. De este golpe y del inmediato 3-5, obra de Alba, con un zurdazo, tras asistencia de Griezmann, el Granada ya no se repuso. Partidazo del Barça, que eleva de esta manera su nivel de autoestima, pero que inevitablemente bajará su nivel de físico en los próximos compromisos, pues es la cuarta prórroga que disputa en los últimos 7 encuentros. El domingo espera el Betis, la próxima semana la ida de las semifinales coperas (Levante, Sevilla ya están clasificados y falta el ganador del Betis-Athletic), luego el Alavés y a continuación el PSG en la Champions. Es un no parar. No da tiempo ni a saborear las victorias ni a lamentarse demasiado con las decepciones. Pero ésta, qué duda cabe, tardará mucho tiempo en irse de nuestras cabezas. 

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